«El encaje alzado de las fachadas venecianas es el mejor rastro que el tiempo, alias agua, haya dejado nunca sobre tierra firme. […] Es como si el espacio, más consciente aquí que en ningún otro lugar de su inferioridad frente al tiempo, le respondiera con la única propiedad que éste no posee, con la belleza. Y es por esta razón por lo que el agua toma esta respuesta, la retuerce, la golpea y la rompe en pedazos, aunque al final la recoja y la lleve consigo hasta depositarla, intacta, en el Adriático.» Joseph Brodsky En Marca de agua, un mosaico de 51 breves secuencias, Joseph Brodsky se sirve de sus visitas anuales a Venecia para meditar sobre la relación entre el agua y la tierra, la luz y la oscuridad, el tiempo presente y el pasado, el deseo y su satisfacción, la vida y la muerte. Estampas poéticas, estampas venecianas, estas reflexiones acerca de la ciudad abren brechas en la memoria del escritor, que entrelaza recuerdos personales con hechos acaecidos en la propia Venecia. Para el lector esa percepción y ese contrapunto entre imágenes y pensamientos se asociarán para siempre con el nombre de Venecia.
Joseph Brodsky
Marca De Agua
Título original:
Traducción de Horacio Vázquez Rial
Hace muchas lunas, el dólar estaba a 870 liras y yo tenía treinta y dos años. También el globo terráqueo era dos mil millones de almas más ligero, y el bar de la
No hay viajero que no conozca esa ansiedad: esa mezcla de fatiga y aprensión. Es el momento en que se miran con inquietud los relojes y los tableros de horarios, en que se escruta el mármol varicoso bajo los propios pies, en que se inhala amoníaco y ese olor mate que desprende en las frías noches de invierno el hierro fundido de las locomotoras. Hice todo eso.
Con excepción del bostezante camarero y de la
Era una noche ventosa y, antes de que mi retina registrara nada, me arrebató un sentimiento de absoluta felicidad: mis narices recibieron el golpe de lo que, para mí, había sido siempre su sinónimo, el olor de algas heladas. Para algunos, es la hierba o el heno recién cortados; para otros, los aromas navideños de las agujas de coníferas y de mandarinas. Para mí, son las algas heladas, debido, en parte, a los aspectos onomatopéyicos de la propia unión de términos (en ruso, un alga es un maravilloso
Indudablemente, había que atribuir la atracción ejercida por aquel olor a una infancia pasada junto al Báltico, el hogar de aquella sirena errante del poema de Montale. Y, sin embargo, yo tenía mis dudas acerca de esa atribución. En primer lugar, aquella infancia no era tan feliz (una infancia rara vez lo es; tiende a ser una escuela de mortificación e inseguridad); y, en cuanto al Báltico, habría que ser una verdadera anguila para eludir lo que a mí me tocó. En cualquier caso, es difícil que tal infancia alcanzara a ser objeto de nostalgia. La fuente de aquella atracción, sentí siempre, se encontraba en otro sitio, más allá de los confines de la biografía, más allá de nuestra estructura genética -en algún lugar del hipotálamo, que almacena las impresiones que de su ámbito natural tenían nuestros ancestros cordados: por ejemplo, el mismo
Un olor es, en definitiva, una violación del nivel de oxígeno, una invasión de este elemento por otros -¿metano? ¿carbono? ¿azufre? ¿nitrógeno?-. Según la intensidad de esa invasión, se tiene un aroma, un olor, un hedor. Es un asunto molecular, y la felicidad, supongo, es el momento en que descubrimos que los elementos que nos componen están en libertad. Los había en un número considerable allá afuera, en un estado de total libertad, y sentí que entraba en mi autorretrato en el aire frío.
Oscuras siluetas de cúpulas y tejados de iglesias cubrían todo el telón de fondo; un puente se arqueaba sobre la negra curva de un curso de agua, cuyos extremos alcanzaban el infinito. Por la noche, en el extranjero, el infinito se encuentra a la altura de la última farola, y aquí estaba a veinte metros. Había una gran calma. De tanto en tanto, pasaban unas pocas embarcaciones débilmente iluminadas, perturbando con sus hélices el reflejo de un gran cartel luminoso de cinzano que trataba de asentarse sobre la negra capa de grasa de la superficie del agua. Mucho antes de que lo lograra, retornaría el silencio.
Tenía la impresión de llegar a provincias, a algún lugar desconocido e insignificante -posiblemente el lugar de mi nacimiento-, al cabo de años de ausencia. En no escasa medida, debía esa sensación a mi propio anonimato, al absurdo de una figura solitaria en la escalinata de la
La había visto por primera vez varios años antes, en aquella misma encarnación anterior: en Rusia. La visión había llegado hasta allí bajo el disfraz de una eslavista, una especialista en Mayakovsky, para ser exactos. Aquello estuvo a punto de descalificar la visión como tema de interés a los ojos de la camarilla a la cual yo pertenecía. Lo que no daba la medida de sus virtudes visibles. Un metro sesenta, de huesos menudos, piernas largas, rostro delgado, con cabellos castaños y ojos como almendras, como avellanas, con un ruso pasable en aquellos labios maravillosos de sonrisa deslumbrante, magníficamente vestida de ante ligero como el papel y sedas a juego, oliendo a un perfume fascinante, desconocido para nosotros, la visión era, con mucho, la hembra más elegante que jamás hubiese puesto un fantástico pie entre nosotros. Era de las que humedecen los sueños de los hombres casados. Además, era veneciana.
De modo que hicimos poco caso de su adscripción al PC italiano y de su correspondiente sentimiento hacia los inocentones de nuestra vanguardia de los años treinta, atribuyendo ambas cosas a la frivolidad occidental. Aun de haber sido una fascista confesa, creo que no la hubiésemos deseado menos. Era realmente asombrosa, y cuando, más tarde, se enamoró del peor de los imbéciles posibles de la periferia de nuestro círculo, un mastuerzo bien pagado de origen armenio, la respuesta común fue de estupefacción e ira, antes que de celos o de pesar viril. Desde luego, puestos a considerarlo, uno no debe enfadarse con un trozo de fino encaje manchado por algunos fuertes jugos étnicos. Sin embargo, nosotros lo hicimos. Porque era más que una decepción: era una traición del tejido.
Por aquellos días, uníamos el estilo con la sustancia, la belleza con la inteligencia. Después de todo, éramos un grupo libresco y, a cierta edad, si uno cree en la literatura, supone que todo el mundo comparte, o debería compartir, su convicción y su gusto. Sólo quien nos parece elegante es de los nuestros. Con toda inocencia respecto del mundo exterior, de Occidente en particular, ignorábamos todavía que el estilo se podía comprar al por mayor, que la belleza podía ser tan sólo una mercancía. De modo que contemplábamos la visión como la dimensión física y la corporización de nuestros ideales y principios, y lo que ella usaba, cosas transparentes incluidas, pertenecía a la civilización.
Tan fuerte era esa asociación, y tan hermosa era la visión, que aún ahora, años más tarde, siendo un hombre de otra edad y, en cierto modo, de otro país, comencé a deslizarme inconscientemente hacia las viejas maneras. Lo primero que le pregunté, apretado contra su abrigo de nutria en la cubierta del atestado
El lento avance de la embarcación en medio de la noche era como el paso de un pensamiento coherente por el subconsciente. A ambos lados, metidos hasta las rodillas en una agua negra como la pez, se alzaban los enormes cuerpos esculpidos de oscuros
La visión envuelta en piel de nutria, que iba a mi lado, comenzó a explicarme en voz más bien baja que me llevaba a mi hotel, donde había reservado una habitación, que quizá nos viésemos al día siguiente, o al otro, que le gustaría presentarme a su marido y a su hermana. Me agradó el silencio en su voz, aunque se adecuaba a la noche más que el mensaje, y repliqué en el mismo tono conspirativo que siempre es un placer conocer parientes potenciales. Era un poco fuerte para el momento, pero ella rió, en la misma forma opaca, llevando una mano, cubierta por un guante de piel marrón, a sus labios. Los pasajeros que nos rodeaban, en su mayoría de pelo oscuro, y cuyo número era responsable de nuestra proximidad, estaban inmóviles y sus ocasionales comentarios eran igualmente apagados, como si el contenido de sus intercambios fuese también de naturaleza íntima. Entonces el cielo fue oscurecido durante un instante por el enorme paréntesis de mármol de un puente y de pronto todo se llenó de luz. «Rialto», dijo ella en su voz normal.
Hay algo primigenio en los viajes por agua, aun en distancias cortas. Se nos hace saber que no se espera que nos encontremos allí, no tanto por medio de los ojos, las orejas, la nariz, el paladar o las palmas de las manos, como por medio de los pies, que se sienten raros al actuar como órganos sensoriales. El agua altera el principio de horizontalidad, especialmente durante la noche, cuando su superficie parece pavimento. No importa cuan sólido sea su sustituto -la cubierta- bajo los pies, sobre el agua se está algo más alerta que en tierra, se tiene un mayor dominio de las propias facultades. Sobre el agua, por ejemplo, nunca se va distraído como por la calle: las piernas nos mantienen, y mantienen nuestros sentidos, en constante verificación, como si uno fuese una especie de compás. Bueno, tal vez lo que aguza los sentidos cuando viajamos por agua sea en realidad un eco remoto, indirecto, de los viejos cordados. De todos modos, la percepción del otro se intensifica sobre el agua, como si un peligro común y compartido la realzara. La pérdida del rumbo es una categoría psicológica, tanto como lo es náutica. Sea como fuere, durante los diez minutos siguientes, aunque nos desplazáramos en la misma dirección, vi que la flecha que indicaba el rumbo de la única persona a la que conocía en aquella ciudad y la que indicaba el mío, divergían en, al menos, 45 grados. Muy probablemente porque esa parte del Canal Grande estaba mejor iluminada.
Desembarcamos en el muelle de la Academia, víctimas de la firmeza de la topografía y del correspondiente código moral. Tras un breve irregular recorrido por estrechos callejones, me depositó en el vestíbulo de una
Así fue como me encontré a mí mismo por primera vez en esta ciudad. Como se ve, en mi llegada no hubo nada de particularmente auspicioso, ni ominoso. Si aquella noche presagiaba algo, era que yo nunca poseería la ciudad; pero jamás tuve aspiración tal. Para empezar, creo que este episodio bastará, aunque, en lo que a la-única-persona-que-conocía-en-esta-ciudad se refiere, más bien diría que marcó el final de nuestra relación. La vi dos o tres veces más, durante aquella estancia en Venecia; y realmente me presentó a su hermana y a su marido. La primera resultó ser una mujer encantadora: tan alta y esbelta como mi Ariadna y quizás aún más brillante, pero más melancólica y, por lo que sé, aún más casada. El último, cuyo aspecto escapa por completo a mi memoria por razones de superfluidad, era un arquitecto lamentable, de esa horrible secta de posguerra que ha hecho más daño al horizonte europeo que cualquier Luftwaffe. En Venecia, profanó un par de maravillosos
La delicadeza fue una parte del problema; la otra, cuando, poco más tarde, llamé a la-única-persona-que-conocía-en-la-ciudad desde las profundidades de mi laberinto en un atardecer azul, fue que el arquitecto, tal vez percibiendo en mi imperfecto italiano algo funesto, cortó la comunicación. De modo que ahora era asunto de nuestros rojos hermanos armenios.
Posteriormente, me contaron, ella se divorció del hombre y se casó con un piloto de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, que resultó ser el sobrino del alcalde de un pueblo del gran Estado de Michigan en el que una vez viví. Pequeño mundo, y, por larga que sea la vida, no hay hombre ni mujer que lo hagan mayor. Así que, si buscara consuelo, podría obtenerlo del pensamiento de que ambos estamos pisando el mismo suelo… de un continente distinto. Esto suena, desde luego, a Estacio hablando a Virgilio, pero, por otra parte, sólo a los tipos como yo se les ocurre considerar América como una suerte de Purgatorio… sin decir que el propio Dante hubiese sugerido algo semejante. La única diferencia estriba en que su cielo está mucho más poblado que el mío. De ahí mis incursiones en mi versión del Paraíso, que ella inauguró tan graciosamente. De todos modos, durante los últimos diecisiete años he regresado a esta ciudad, o he vuelto a pensar en ella, con la frecuencia de un mal sueño.
Con dos o tres excepciones, debidas a ataques cardíacos y a crisis afines, míos o de algún otro, cada Navidad, o poco antes, he bajado de un tren/ avión/ embarcación/ autocar y he arrastrado mis maletas llenas de libros y máquinas de escribir hasta el umbral de este o aquel hotel, de este o aquel apartamento. Este último, normalmente, cortesía del par de amigos que logré hacer aquí tras el desvanecimiento de la visión. Más tarde, trataré de explicar mi medida del tiempo (aunque se trate de un proyecto tautológico hasta el extremo de la inversión). Por el momento, quisiera declarar que, por septentrional que yo sea, mi noción del Edén no depende del clima ni de la temperatura. En ese orden, descarto a sus habitantes, y también la eternidad. A riesgo de ser acusado de depravación, confieso que esta noción es puramente visual y sólo existe en aproximaciones. Por lo que a éstas se refiere, esta ciudad es lo más cercano. Puesto que no tengo derecho a hacer una verdadera comparación, puedo permitirme ser restrictivo.
Digo esto aquí y ahora para ahorrar desilusiones al lector. No soy un moralista (aunque trato de mantener mi conciencia en equilibrio) ni un sabio; tampoco soy un esteta ni un filósofo. No soy más que un hombre nervioso, por las circunstancias y por mis propios actos; pero soy observador. Como dijo una vez mi querido Ryunosuke Akutagawa, no tengo principios; lo único que tengo son nervios. Lo que sigue, por lo tanto, tiene más que ver con el ojo que con las convicciones, incluidas las que se refieren a cómo escribir una narración. El ojo precede a la pluma, y yo decido no permitir que mi pluma mienta respecto de su posición. Habiendo corrido el riesgo de ser acusado de depravación, no retrocederé ante la acusación de superficialidad. Las superficies -que es lo que el ojo registra en primer lugar- suelen ser más eficaces que sus contenidos, que son provisionales por definición, salvo, por supuesto, en la vida de ultratumba. Tras haber explorado el rostro de esta ciudad durante diecisiete inviernos, yo ya debería estar en condiciones de realizar un trabajo a la manera de Poussin: de pintar el retrato de este lugar, si no en las cuatro estaciones, al menos en cuatro momentos del día.
Ésa es mi ambición. Si me aparto del asunto principal, es porque desviarse es literalmente lo más normal aquí y es lo que hace el agua. Lo que sigue, en otras palabras, puede no llegar a ser un relato, sino una corriente de agua fangosa «en el momento menos adecuado del año». A veces, parece azul, a veces gris o marrón; invariablemente, está fría y no es potable. Si me he puesto a filtrarla, es porque contiene reflejos, el mío entre ellos.
De todos modos, nunca vendría aquí en verano, ni siquiera bajo amenaza de muerte. Soporto muy mal el calor; las emisiones incontroladas de hidrocarburos y olor a sobacos, aún peor. Las manadas con pantalones cortos, especialmente las que relinchan en alemán, también me alteran los nervios, por la inferioridad de su anatomía -sin excepciones- respecto de la de las columnas, pilastras y estatuas; por todo lo que su movilidad -y el combustible que ésta requiere- arroja contra la estabilidad del mármol. Supongo que soy de los que prefieren la elección al cambio constante, y la piedra es siempre una elección. Opino que, en esta ciudad, el cuerpo, por excelentes que sean sus atributos, debe ser ocultado por la ropa, aunque sólo sea porque se mueve. Tal vez la ropa sea nuestra única aproximación a la elección hecha por el mármol.
Se trata, imagino, de un criterio extremo, pero soy septentrional. En la estación abstracta, la vida parece más real que en cualquier otra, inclusive en el Adriático, porque en invierno todo es más duro, más austero. Esto puede también ser tomado como una propaganda de las
No, los bípedos enloquecen comprando y vistiéndose en Venecia por razones no precisamente prácticas; lo hacen porque la ciudad, sea como fuere, los desafía. Todos abrigamos toda clase de recelos en relación con las grietas en nuestra apariencia, en nuestra anatomía, en relación con las imperfecciones de nuestros propios rasgos. Lo que uno ve en esta ciudad a cada paso, vuelta, avenida y callejón, empeora sus complejos e inseguridades. Es por ello que uno -especialmente las mujeres, pero también los hombres- se lanza al asalto de las tiendas tan pronto como llega aquí, y con frenesí. La belleza que nos rodea es tal que, instantáneamente, se concibe un incomprensible deseo animal de emularla, de ponerse a su par. Esto no tiene nada que ver con la vanidad ni con el normal exceso de espejos que hay aquí, el principal de los cuales es el agua misma. Se trata, sencillamente, de que la ciudad ofrece a los bípedos una noción de superioridad visual ausente en sus cubiles naturales, en sus entornos habituales. Es por eso que aquí vuelan las pieles, al igual que el ante, la seda, el lino, la lana y cualquier otra clase de tejido. Al volver a casa, la gente mira maravillada lo que ha comprado, sabiendo perfectamente que no hay lugar en su reino nativo en que lucir esas adquisiciones sin escandalizar a los aborígenes. Hay que guardar esas cosas para que se marchiten y pierdan su color en el guardarropa, o regalarlas a los parientes más jóvenes. Si no, hay amigos. Yo recuerdo haber comprado varias prendas aquí -a crédito, obviamente- que no tuve el estómago o el temple de usar después. Entre ellas había dos gabardinas, una verde mostaza y otra de un delicado tono de caqui. Más tarde, fueron a adornar los hombros del mejor bailarín de ballet del mundo y del mejor poeta de la lengua en que escribo este libro -a pesar de las diferencias de físico y edad que me separan de esos dos caballeros-. Los panoramas y las perspectivas locales surten ese efecto, porque en esta ciudad un hombre es más una silueta que sus rasgos singulares, y una silueta se puede mejorar. También los encajes, las tallas, los capiteles, las cornisas, los relieves y molduras, los nichos habitados y deshabitados, los santos, los que no lo son, las vírgenes, los ángeles, los querubines, las cariátides, los pedestales, todos ellos de mármol, las galerías con sus grandes pantorrillas alzadas, y las ventanas mismas, góticas o moriscas, nos hacen vanidosos. Por ello es la ciudad del ojo; las demás facultades desempeñan un borroso papel secundario. El modo en que los matices y los ritmos de las fachadas locales tratan de suavizar los colores y las formas siempre cambiantes de las olas puede, por sí mismo, decidirnos a coger una bufanda, una corbata o cualquier otro objeto de lujo por el estilo; inclusive lleva a un solterón empedernido a pegarse a un escaparate lleno de vistosos vestidos multicolores, por no mencionar los zapatos de piel y las botas de ante dispersos por todas partes como lo están las embarcaciones de toda clase en la
En invierno, especialmente en domingo, uno despierta en esta ciudad con el tañido de sus innumerables campanas, como si, al otro lado de las cortinas de gasa, un gigantesco juego de té de porcelana vibrara sobre una fuente de plata en el cielo gris perla. Te lanzas a abrir la ventana y la habitación es instantáneamente invadida por esa neblina exterior, cargada de repiques, en parte oxígeno húmedo, en parte café y plegarias. No importa qué clase de píldoras, ni cuántas, hayas tragado esa mañana, sientes que aún no es suficiente. Por lo mismo, no importa tu grado de independencia, ni hasta qué punto hayas sido traicionado, ni lo completo y desalentador que sea el conocimiento que tengas de ti mismo, comprendes que todavía te queda una esperanza o, al menos, un futuro. (La esperanza, dijo Francis Bacon, es un buen desayuno, pero una mala cena.) Este optimismo se deriva de la neblina, de la plegaria que hay en ella, especialmente si es la hora del desayuno. En días así, con todas sus cúpulas cubiertas de zinc, que parecen teteras o tazas vueltas, y el perfil inclinado de los campaniles, tintineando como cucharas abandonadas y fundiéndose en el cielo, la ciudad adquiere un verdadero aspecto de porcelana. Por no hablar de las gaviotas y las palomas, ora destacando a plena luz, ora desvaneciéndose en el aire. Debo decir que, por bueno que sea este lugar para las lunas de miel, he pensado muchas veces que habría que escogerlo también para los divorcios -tanto los que se estén incubando como los que ya se hayan concretado-. No hay mejor telón de foro para perderse en un rapto; tenga o no razón, ningún egoísta puede brillar durante mucho tiempo en esta porcelana junto al agua cristalina, porque le roba el espectáculo. Soy consciente, desde luego, de las desastrosas consecuencias que las sugerencias que acabo de hacer pueden tener para los precios de los hoteles locales, aun en invierno. Sin embargo, la gente ama su propio melodrama más que la arquitectura, y no me siento amenazado. Es sorprendente que la belleza se valore menos que la psicología, pero, puesto que ése es el caso, podré afrontar los precios de esta ciudad -lo cual significa hasta el final de mis días, e introduce la generosa noción de futuro-.
Uno es aquello que mira… bueno, al menos en parte. La creencia medieval de que una mujer embarazada que deseara un hijo hermoso debía mirar objetos hermosos no es tan ingenua, dada la calidad de los sueños que se sueñan en esta ciudad. Las noches son aquí bajas en pesadillas, a juzgar, por supuesto, por las fuentes literarias (especialmente, visto que las pesadillas son el principal alimento de tales fuentes). Vaya donde vaya, un enfermo, por ejemplo -un cardíaco, particularmente-, está condenado a despertarse de vez en cuando a las tres de la mañana en un estado de absoluto terror, pensando que se muere. Sin embargo, nada semejante, debo informar, me ocurrió jamás aquí; a pesar de lo cual, al escribirlo, cruzo los dedos de las manos y de los pies.
Hay mejores formas, sin duda, de manipular los sueños, y sin duda es posible argumentar en favor de los medios gastronómicos. Aunque, de atenerse a los patrones italianos, la dieta local no es lo bastante excepcional como para justificar la concentración en esta ciudad de tanta auténtica belleza de ensueño, ya en sus fachadas. Porque en los sueños, como dijo el poeta, comienzan las responsabilidades. En todo caso, algunos de los planos -¡un término adecuado en esta ciudad!- proceden ciertamente de esta fuente, y no hay nada más que uno pueda rastrear en la realidad.
Si un poeta dijera simplemente «en la cama», también sería verdad. La de la arquitectura es seguramente la menos carnal de las Musas, puesto que el principio rectangular de un edificio, de su fachada en particular, milita -y a menudo con gran astucia- contra la interpretación analítica de las formas, semejantes a las de las nubes o las olas -¡más que femenino!- de sus cornisas,
Si algo hay de erótico en los resultados en mármol de los planos, es la sensación del ojo entrenado al deslizarse sobre cualquiera de ellos -una sensación similar a la de la yema de los dedos al tocar por primera vez el pecho de la amada o, aún más exactamente, sus hombros-. Es la sensación telescópica de entrar en contacto con el infinito celular de la existencia de otro cuerpo -una sensación conocida como ternura, y proporcionada tal vez únicamente al número de células que ese cuerpo contiene-. (Todos deberían comprenderlo, salvo los freudianos o los musulmanes, que creen en el velo. Pero, por otra parte, ello explicaría por qué hay tantos astrónomos entre los musulmanes. Además, el velo es un gran instrumento de planificación social, puesto que asegura un hombre a cada mujer, sin que cuente su apariencia. En el peor de los casos, garantiza que la impresión de la primera noche sea, al menos, mutua. No obstante, pese a los motivos orientales de la arquitectura veneciana, los musulmanes son los visitantes menos asiduos de esta ciudad.) De todos modos, sea lo que fuere lo primero -la realidad o el sueño-, la noción de vida más allá de la muerte parece estar bien protegida en esta ciudad por su textura visual, claramente paradisíaca. La enfermedad, por sí misma, y por grave que sea, no se vale aquí de visiones infernales. Haría falta una extraordinaria neurosis, o una acumulación de pecados comparable, para ser presa de pesadillas en esas condiciones. Es posible, por supuesto, pero no frecuente. Para los casos benignos de cualquiera de las dos cosas, una estancia aquí es la mejor terapia, y es en torno de ello que gira el turismo local. Se duerme profundamente en esta ciudad, porque sobreponerse a una psiquis agitada o a una conciencia culpable, cansa.
Quizá la mejor prueba de la existencia del Todopoderoso sea nuestra ignorancia del momento en que hemos de morir. En otras palabras, de haber sido la vida un asunto exclusivamente humano, se nos habría dado a luz con un término, o una sentencia, fijando con exactitud la duración de nuestra presencia aquí: como se hace en los campos de prisioneros. El que ello no ocurra sugiere que la cuestión no es enteramente humana; que interviene algo de lo que no tenemos idea ni control. Que hay un mediador que no está sujeto a nuestra cronología o, si vamos a eso, a nuestro sentido de la virtud. De ahí todos esos intentos de predecir o descifrar el futuro, de ahí nuestra dependencia de médicos o gitanos, que se intensifica cuando estamos enfermos o en dificultades, y que no es sino una tentativa de domesticar -o demonizar- lo divino. Lo mismo se puede decir de nuestro sentimiento ante la belleza, tanto la natural como la producida por el hombre, ya que lo infinito sólo puede ser apreciado por lo finito. Salvo en lo que respecta a la gracia, las razones para la reciprocidad son insondables -a menos que uno busque con sinceridad una explicación benevolente de por qué le cobran tanto por todo en esta ciudad.
Por profesión, o más bien por el efecto acumulativo de lo que he estado haciendo durante años, soy escritor; por oficio, sin embargo, soy universitario, profesor. Las vacaciones de invierno en mi instituto son de cinco semanas, y ello explica en parte la duración de mis peregrinaciones hasta aquí -pero sólo en parte-. Lo que el Paraíso y las vacaciones tienen en común es que hay que pagar por ambos, y que la moneda a emplear es tu vida anterior. Es razonable, pues, que mi romance con esta ciudad -con esta ciudad en esta estación en particular- haya comenzado hace mucho: mucho antes de que hubiese aprendido cosas con las que ganar dinero, mucho antes de que pudiera pagarme mi pasión.
En 1966 -yo tenía por entonces veintiséis años-, un amigo me dejó tres novelas cortas de un escritor francés, Henri de Régnier, traducidas al ruso por el maravilloso poeta Mikhail Kuzmin. En aquella época, lo único que yo sabía de Régnier es que era uno de los últimos parnasianos, un buen poeta, aunque no extraordinario. Lo único que sabía de Kuzmin era, de memoria, un puñado de sus
Cuando conseguí aquellas novelas, tanto su autor como su traductor estaban muertos hacía tiempo. También los libros estaban moribundos: ediciones en rústica, publicadas a finales de los años treinta, sin encuadernación que destacar, se deshacían en las manos. No recuerdo los títulos ni el editor; en realidad, también mi memoria de sus argumentos es muy vaga. No sé por qué, tengo la impresión de que uno de ellos se llamaba
Eran una mezcla de picaresca y novelas de detectives, y al menos una de ellas, la que yo llamo para
En una ocasión posterior, otro amigo, que aún vive, me dio un maltrecho ejemplar de la revista
Después vino la veneciana. Comencé a percibir que esta ciudad, de un modo u otro, pasaba inesperadamente a ocupar el centro, vacilando en el borde de lo tridimensional. Era un blanco y negro, como conviene a lo que surge de la literatura, o del invierno; luz aristocrática, oscura, fría, débil, con punteados de Vivaldi o Cherubini en el fondo, con cuerpos femeninos vestidos por nubes a la manera de Bellini/Tiépolo/Tiziano. Y me prometí a mí mismo que, si alguna vez escapaba de mi imperio, si alguna vez esa sirena huía del Báltico, lo primero que haría sería venir a Venecia, alquilar una habitación en la planta baja de algún
Un sueño perfectamente decadente, desde luego; pero, a los veintiocho años, quien tiene un poco de cerebro es un tanto decadente. Además, ninguna de las partes del proyecto era factible. Sólo cuando, a los treinta y dos años, me encontré de pronto en las entrañas de un continente distinto, en el corazón de América, utilicé la primera paga de la universidad para poner en escena la mejor parte de aquel sueño y compré un billete de ida y vuelta Detroit-Milán-Detroit. El avión estaba lleno de italianos empleados en la Ford y en la Chrysler, que iban a pasar la Navidad en su tierra. Al abrirse la venta de productos libres de impuestos, en mitad del vuelo, se precipitaron hacia la parte trasera del avión y, durante un momento, tuve la visión de un viejo 707 volando sobre el Atlántico como un crucifijo: las alas extendidas, la cola baja. Luego vino el viaje en tren, con la única persona que conocía en la ciudad al final. El final fue frío, húmedo, en blanco y negro. La ciudad pasó a ocupar el centro. «Y la tierra era caótica, y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo. Y el Espíritu de Dios aleaba sobre la superficie de las aguas», por citar a un autor que estuvo aquí antes que yo. Entonces llegó aquella mañana siguiente. Era domingo, y repicaban todas las campanas.
Siempre compartí la idea de que Dios es tiempo, o, al menos, de que Su espíritu lo es. Quizás esta idea sea de mi propia factura, pero ahora no lo recuerdo. En todo caso, siempre pensé que si el Espíritu de Dios aleaba sobre la superficie de las aguas, las aguas debían de reflejarlo. De ahí mis sentimientos hacia las aguas, sus oscilaciones, sus pliegues, sus ondas y -soy septentrional- su grisura. Sencillamente, creo que el agua es la imagen del tiempo, y cada víspera de Año Nuevo, de manera un tanto pagana, trato de encontrarme cerca del agua, preferiblemente cerca de un mar o de un océano, para ver emerger de ella una nueva porción, una nueva taza de tiempo. No busco una doncella desnuda sobre una concha; busco una nube o la cresta de una ola al romper a medianoche contra la orilla. Eso, para mí, es tiempo que sale del agua, y me quedo mirando el dibujo como de encaje que deposita en la costa, no con un saber de adivino, sino con ternura y con gratitud.
Esa es la manera en que, y, en mi caso, la razón por la cual, poso los ojos sobre esta ciudad. No hay nada de freudiano en esta fantasía, ni de específicamente cordado, aunque seguramente cabría establecer alguna conexión evolutiva -si no plenamente atávica- o autobiográfica entre el dibujo que una ola deja sobre la arena y el examen que de ella haga un descendiente del ictiosaurio, un monstruo él mismo. El limpio encaje de las fachadas venecianas es el mejor rastro que el tiempo/agua haya dejado jamás en
El ojo adquiere en esta ciudad una autonomía similar a la de la lágrima. La única diferencia es que no se separa del cuerpo, sino que lo subordina totalmente. Pasado un tiempo -al tercero o cuarto día aquí-, el cuerpo empieza a considerarse a sí mismo tan sólo como el portador del ojo, como una especie de submarino a su periscopio ora dilatado, ora estrábico. De más está decir que, pese a todos sus objetivos, se perjudica invariablemente a sí mismo con sus explosiones: es nuestro corazón, nuestra mente, lo que se hunde. Ello, por supuesto, se debe a la topografía local, a las calles -estrechas, sinuosas como anguilas- que finalmente llevan al encuentro de un
Una red atrapada por algas heladas puede ser una metáfora superior. Dada la escasez de espacio, la gente vive aquí en una proximidad celular, y la existencia evoluciona de acuerdo con la inmanente lógica de la murmuración. El propio imperativo territorial está circunscrito en esta ciudad por el agua; los postigos no impiden tanto el paso de la luz o el ruido (que es mínimo) como de lo que podría emanar del interior. Cuando están abiertos, los postigos parecen alas de ángeles entrometidos en los sórdidos asuntos de alguien y, como las distancias entre las estatuas de las cornisas, la interacción humana adquiere visos de orfebrería o, aún más exactamente, de filigrana. En sitios así, uno llega a ser más sigiloso y estar mejor informado que la policía en las dictaduras. Tan pronto como se traspone el umbral del propio apartamento, especialmente en invierno, se cae en las garras de todos los rumores, conjeturas y fantasías concebibles. Si uno sale en compañía, al día siguiente, en el colmado o el puesto de periódicos, puede tropezar con una mirada de indagación bíblica incomprensible, cabe pensar, en un país católico. Si uno demanda a alguien aquí, o viceversa, debe contratar un abogado de fuera. Un viajero, por supuesto, disfruta de esta clase de cosas; un nativo, no. El que un pintor haga bocetos o un aficionado fotografía, no divierte al ciudadano. No obstante, la insinuación como principio de la planificación urbana (noción que sólo emerge aquí con el beneficio de la posterioridad) es mejor que cualquier red moderna y sintoniza con los canales locales, siguiendo el ejemplo del agua, que, como las habladurías, no tiene fin. En este sentido, el ladrillo es, sin duda, más poderoso que el mármol, aunque ambos sean inexpugnables para el forastero. A pesar de todo, una o dos veces, en estos diecisiete años, logré insinuarme en un sacro interior veneciano, en aquel laberinto del otro lado del azogue que Régnier describía en
El
De modo que la fiesta se daba para celebrar el acceso del enésimo a la propiedad, así como también el lanzamiento de la empresa editorial en la que se proponía introducir libros sobre arte veneciano. Ya estaba en lo mejor cuando nosotros tres -un colega, su hijo y yo- llegamos. Había muchísima gente: luminarias locales y vagamente internacionales, políticos, nobles, figuras del teatro, barbas y plastrones, señoras de diversos niveles de extravagancia, una estrella del ciclismo, profesores americanos. También, una pandilla de rientes y ágiles jóvenes homosexuales, inevitables en las ocasiones en que tiene lugar algo levemente espectacular. Los presidía una reina inquieta y malévola, de mediana edad, muy rubia, de ojos muy azules, muy borracha: el mayordomo de la finca, cuyos días en ella habían terminado y que, por lo tanto, detestaba a todo el mundo. Con razón, debería añadir, dadas sus perspectivas.
Mientras ellos hacían un jaleo considerable, el enésimo, con gran gentileza, se ofreció para mostrarnos a los tres el resto de la casa. Aceptamos de buena gana y subimos en un pequeño ascensor. Cuando salimos de la cabina, dejamos atrás, o, más exactamente, encima, el siglo XX, el XIX y buena parte del XVIII: como sedimento en el fondo de un pozo estrecho.
Nos encontramos en una larga galería, pobremente iluminada, con un cielo raso convexo plagado
En el extremo más alejado de la galería, nuestro anfitrión giró de pronto a la derecha y entramos tras él en una habitación que parecía ser un cruce entre la biblioteca y el estudio de un caballero del siglo XVIII. A juzgar por los libros que se veían detrás de la rejilla del armario de madera rojo, del tamaño de un guardarropa, el siglo del caballero bien podía haber sido el XVI. Había alrededor de sesenta gruesos, blancos volúmenes con cubiertas de pergamino, desde Esopo hasta Zenón: lo estrictamente necesario para un caballero; más, lo hubiesen convertido en un pensador, con desastrosas consecuencias, tanto para sus maneras como para su estado. Por lo demás, la habitación estaba casi desnuda. La luz no era mucho mejor que en la galería; permitía ver un escritorio y un gran globo terráqueo descolorido. Entonces nuestro anfitrión giró un tirador y vi su silueta recortada en el marco de una puerta que se abría a una larga serie de puertas iguales. Miré y me recorrió un escalofrío: parecía un vicioso, viscoso infinito. Tomé aire y me interné en él.
Era una extensa sucesión de habitaciones vacías. Racionalmente, yo sabía que no podía ser más larga que la galería que discurría paralela a ella. Sin embargo, lo era. Tenía la sensación de andar, más que en la perspectiva corriente, en una espiral horizontal en la que las leyes de la óptica estaban suspendidas. Cada habitación representaba un paso más hacia la desaparición, el grado siguiente de la inexistencia. Ello tenía que ver con tres cosas: las colgaduras, los espejos y el polvo. Aunque en algunos casos era posible dar un nombre a la habitación -comedor, salón, tal vez cuarto de los niños-, en su mayoría se asemejaban por su falta de función ostensible. Tenían aproximadamente las mismas dimensiones o, en cualquier caso, no parecía haber grandes diferencias de ese orden entre ellas. Y en todas, las ventanas estaban cubiertas por cortinajes, y dos o tres espejos adornaban las paredes.
Cualesquiera que hubiesen sido el color y el dibujo originales de las colgaduras, ahora se veían de un amarillo pálido y muy quebradizas. El roce de un dedo, o tan sólo una corriente de aire, podían significar su destrucción, como sugerían los fragmentos de tejido esparcidos por allí sobre el parqué. Estaban perdiendo la piel aquellas cortinas, y algunos de sus pliegues mostraban amplios trozos pelados, deshilachados, como si el tejido sintiera que se había completado el círculo y regresara a su estado anterior al telar. Quizá nuestra respiración fuese también algo demasiado íntimo; sin embargo, era mejor que el oxígeno puro, que, como la historia, las colgaduras no necesitaban. No era decadencia ni descomposición; era disolución en un recorrido hacia atrás del tiempo, donde el color y la textura no cuentan, donde tal vez, habiendo aprendido lo que podía sucederles, desearan reagruparse y regresar, aquí o a alguna otra parte, bajo una forma diferente. «Lo siento», parecían decir, «la próxima vez seremos más duraderas.»
Luego estaban aquellos espejos, dos o tres en cada habitación, de varias medidas, pero en general rectangulares. Todos tenían delicados marcos dorados, con guirnaldas de flores perfectamente labradas o escenas idílicas que llamaban más la atención que la propia superficie del espejo, puesto que el azogue estaba invariablemente en mal estado. En cierto sentido, los marcos eran más coherentes que sus contenidos, esforzándose como lo hacían por impedir que se dispersaran en pedazos. Habiendo perdido a lo largo de los siglos la costumbre de reflejar otra cosa que la pared opuesta, los espejos eran bastante renuentes a devolver un rostro, marcado por la codicia o la impotencia, y cuando lo intentaban, los rasgos se tornaban incompletos. Empiezo a entender a Régnier, pensé. De habitación en habitación, a medida que avanzábamos a través de ellas, yo me veía cada vez menos en aquellos marcos, que me retornaban cada vez más oscuridad. Sustracción gradual, me dije; ¿cómo irá a terminar esto? Y terminó en la décima o undécima habitación. Me detuve junto a la puerta que llevaba a la siguiente cámara, contemplando un rectángulo bastante grande y con bordes dorados, de un metro por un metro y medio, y no me vi a mí mismo, sino una nada negra como boca de lobo. Profunda y tentadora, parecía contener una perspectiva propia, tal vez otra sucesión de habitaciones iguales. Durante un momento, sentí vértigo; pero como yo no era novelista, eludí la posibilidad y salí de allí.
Todo aquello había sido razonablemente fantasmal; ahora empezaba a serlo también irrazonablemente. El anfitrión y mis compañeros se habían rezagado; estaba solo. Había una considerable cantidad de polvo por todas partes; los tonos y las formas de todo lo que había a la vista eran mitigados por su grisura. El mármol trabajado de las mesas, las figuras de porcelana, los sofás, las sillas, el mismo parqué. Todo estaba cubierto de polvo, y, a veces, como en el caso de las porcelanas y los bustos, el efecto era extrañamente benéfico, al acentuar los rasgos, los pliegues, la vivacidad de un grupo. Pero, en general, la capa era espesa y sólida; es más: tenía un aire definitivo, como si no se le pudiera añadir nuevo polvo. Toda superficie anhela el polvo, porque el polvo es la carne del tiempo, como dijo un poeta, la verdadera carne y la sangre del tiempo; pero aquí el anhelo parecía haber cesado. Ahora, el polvo penetrará en los objetos, pensé, se fundirá con ellos, y, al final, los reemplazará. Depende, por supuesto, del material; en buena parte, muy duradero. Cabe que ni siquiera se desintegren; simplemente, se pondrán más grises, mientras el tiempo no se oponga a la asunción de sus formas, como ya ha ocurrido en esta sucesión de cámaras vacías, en las cuales se adelantó a la materia.
La última habitación era el dormitorio de los señores. Un lecho con cuatro postes, aunque descubierto, dominaba el lugar: la venganza del almirante por la estrecha cama de a bordo de su nave, o quizá su homenaje al mar. Esto último era más probable, dada la monstruosa nube
Sucedió sólo una vez, aunque ya he dicho que hay multitud de lugares como ése en Venecia. Pero una vez es suficiente, especialmente en invierno, cuando la niebla local, la famosa
En conjunto, sin embargo, en esta ciudad siempre me han entusiasmado por igual el contenido de las cosas corrientes de ladrillo y el de las excepcionales de mármol. No hay nada de populista, ni siquiera de antiaristocrático, en esta preferencia; ni tiene nada que ver con el ser novelista. No es más que el eco del tipo de casas en que viví o trabajé durante la mayor parte de mi existencia. Tras el error de no nacer aquí, cometí otro, aún más serio, al escoger una profesión que, por lo general, no lleva a terminar en un
De todos modos, rara vez he cruzado los umbrales de viviendas corrientes en esta ciudad. A ninguna tribu le gustan los extranjeros, y los venecianos son muy tribales, además de ser isleños. Tampoco mi italiano, con sus brutales oscilaciones en torno de su firme cero, dejó de ser un impedimento. Siempre mejora al cabo de un mes, aproximadamente, pero entonces tengo que coger el avión que me apartará de la oportunidad de usarlo durante otro año. En consecuencia, me mantuve siempre en compañía de nativos angloparlantes y de expatriados americanos cuyas casas compartían una versión familiar -si no un nivel- de la riqueza. En cuanto a los que hablaban ruso, los personajes del bar, sus sentimientos respecto de mi país natal y sus posiciones políticas solían llevarme al borde de la náusea. El resultado sería poco más o menos el mismo con los dos o tres autores y profesionales locales: demasiadas litografías abstractas en las paredes, demasiados estantes con libros perfectamente ordenados y baratijas africanas, esposas silenciosas, hijas pálidas, conversaciones que discurren, moribundas, a través de temas de actualidad, la fama de algún otro, la psicoterapia, el surrealismo, hasta la descripción de un atajo hacia mi hotel. La disparidad de ocupaciones comprometida por la tautología de los resultados netos: de ser necesaria una fórmula, ésa es. Yo aspiraba a desperdiciar mis tardes en el despacho vacío de algún abogado o farmacéutico local, mirando a su secretaria cuando trajera café de un bar cercano, charlando ociosamente sobre los precios de embarcaciones de motor o sobre las características rescatables de la figura de Diocleciano, ya que prácticamente todo el mundo posee aquí una educación razonablemente sólida, así como también un vivo deseo de objetos aerodinámicos. Yo sería incapaz de levantarme de la silla, sus clientes serían escasos; al final, cerraría el lugar y nos marcharíamos al Gritti o al Danieli, donde yo pagaría las bebidas; si yo fuese afortunado, su secretaria vendría con nosotros. Nos hundiríamos en profundos sillones, intercambiando observaciones malévolas acerca de los nuevos batallones alemanes o los ubicuos japoneses, que miran a través de sus cámaras, como nuevos viejos, los pálidos muslos de mármol desnudo de esta ciudad que, como Susana, anda con el agua fría, coloreada por el ocaso, acariciante, hasta la cintura. Más tarde, él me invitaría a cenar a su casa, y su esposa embarazada, por encima de la hirviente
De modo que nunca dormí, ni siquiera pequé, en un lecho familiar de hierro fundido con inmaculadas, crujientes sábanas de lino, cobertor bordado y ricamente orlado, almohadas como nubes y pequeño crucifijo con perlas incrustadas encima de la cabecera. Nunca ejercité mi mirada ociosa en un óleo de la Virgen, ni en borrosos retratos de un padre/hermano/tío/hijo con casco de
Hace poco, vi en alguna parte la fotografía de una ejecución en tiempos de guerra. Tres hombres pálidos, delgados, de estatura media y sin rasgos faciales destacables (la cámara los tomaba de perfil) de pie en el borde de una zanja recién excavada. Tenían aspecto septentrional -en realidad, creo que la foto fue hecha en Lituania-. Inmediatamente detrás de cada uno de ellos, había un soldado alemán con una pistola. En la distancia, se alcanzaba a distinguir un montón de otros soldados: los mirones. Parecía el comienzo del invierno o el final del otoño, puesto que los soldados llevaban abrigos. Los condenados, los tres, vestían en idéntica forma, con gorras de paño, pesadas chaquetas negras sobre camisas blancas sin cuello: el uniforme de las víctimas. Para colmo, tenían frío. Debido en parte a ello, escondían la cabeza entre los hombros. Al cabo de un segundo, morirían: el fotógrafo apretó su botón un instante antes de que los soldados apretaran sus gatillos. Los tres aldeanos escondían la cabeza entre los hombros y miraban de soslayo como lo hacen los niños cuando prevén el dolor. Esperaban ser heridos: quizá malheridos; esperaban el ensordecedor -¡tan cerca de los oídos!- sonido de un disparo. Y miraban de soslayo. ¡Porque el repertorio de las respuestas humanas es tan limitado…! Lo que se les acercaba era la muerte, no el dolor; sin embargo, sus cuerpos no podían distinguir la una del otro.
Una tarde de noviembre de 1977, en el Londra, donde yo estaba alojado por cortesía de la Bienal de Diseño, recibí una llamada telefónica de Susan Sontag, que se encontraba en el Gritti por una invitación similar. «Joseph», dijo, «¿qué haces esta noche?» «Nada», le respondí, «¿por qué?» «Bueno, es que me tropecé con Olga Rudge hoy, en la
La dirección correspondía al
Se sirvió té, y apenas habíamos bebido el primer sorbo cuando la anfitriona -una dama de pelo gris, diminuta, pulcra, con muchos años encima- alzó un fino dedo, que se deslizó en el surco de un invisible disco mental, y de sus labios fruncidos brotó un aria cuya partitura había sido de dominio público al menos desde 1945. Que Ezra no era fascista; que ellos temían que los americanos (lo cual sonaba bastante extraño viniendo de una americana) lo enviaran a la silla eléctrica; que no sabían nada de lo que estaba sucediendo; que no había alemanes en Rapallo; que él viajaba de Rapallo a Roma sólo dos veces al mes por lo de la radio; que los americanos, nuevamente, se equivocaban al pensar que Ezra tenía intención… En cierto punto, dejé de registrar lo que decía -lo cual es fácil para mí, por no ser el inglés mi lengua materna- y me limité a asentir en las pausas, o allí donde ella puntuaba su monólogo con un
Lo que me arrancó al ensueño fue el sonido de la voz de Susan, que implicaba que la grabación se había detenido. Había algo raro en su timbre y presté atención. «Pero seguramente, Olga», decía, «usted no creerá que los americanos se enfadaron con Ezra por sus discursos por la radio. Porque, de haber sido sólo por eso, Ezra no hubiese sido más que otro Tokyo Rose.» Entonces, hubo una de las mejores declaraciones que yo haya oído jamás. Miré a Olga. Hay que decir que ella lo tomó como un hombre. O, aún mejor, como una profesional. O no alcanzó a comprender lo que Susan había dicho, aunque lo dudo. «¿Qué fue, pues?», preguntó. «Fue el antisemitismo de Ezra», replicó Susan, y vi el corindón de la púa del dedo de la vieja dama posarse en el surco otra vez. En ese lado del disco se oía: «Hay que entender que Ezra no era antisemita; que, después de todo, su nombre era Ezra; que algunos de sus amigos eran judíos, incluyendo un almirante veneciano; que…». La melodía era igualmente familiar e igualmente prolongada -alrededor de tres cuartos de hora; pero esta vez teníamos que irnos-. Agradecimos a la vieja dama la velada y le dijimos adiós. Yo, por una vez, no sentí la tristeza que habitualmente se siente al salir de la casa de una viuda -o, en ese mismo orden de cosas, al dejar solo a cualquiera en un lugar vacío-. La vieja dama estaba en buena forma, y en una posición holgada; encima, tenía la comodidad de sus convicciones; una comodidad, sentí, que iba a tener que defender en cierta medida. Creo que yo nunca había conocido un fascista, ni joven ni viejo; sin embargo, había tratado a un número considerable de miembros del viejo PC, y fue por eso que el té en casa de Olga Rudge, con aquel busto de Ezra en el suelo, hizo sonar, por así decirlo, una campana. Salimos de la casa, echamos a andar hacia la izquierda y, dos minutos más tarde, nos encontramos en la Fondamenta degli Incurabili.
¡Ah, el antiguo poder de sugestión del lenguaje! ¡Ah, esa legendaria capacidad de las palabras para significar más de lo que en realidad dicen! ¡Ah, el gatillo, la culata y el cañón del oficio! Por supuesto, el «Dique de los Incurables» recuerda la peste, las epidemias que solían barrer la mitad de la población de esta ciudad, siglo tras siglo, con la regularidad de un agente del censo. El nombre evoca los casos desesperados que, más que deambular, se echaban allí, sobre las losas, literalmente agonizantes, envueltos en sudarios, a esperar que los acarrearan -o, más bien, los embarcaran- y los llevaran lejos. Antorchas, humo, máscaras de gasa para prevenir la inhalación, susurros de vestiduras y hábitos de monjes, grandes capas negras, velas. Gradualmente, la procesión fúnebre se convierte en un carnaval, o en un verdadero paseo, donde se impone el uso de la máscara, puesto que en esta ciudad todo el mundo conoce a todo el mundo. Hay que añadir a ello los poetas y los compositores tuberculosos; y también hay que añadir los hombres de convicciones imbéciles o los estetas desesperadamente enamorados de este lugar: así, el dique merecerá su nombre y la realidad estará a la altura del lenguaje. Agreguemos igualmente que la relación entre peste y literatura (la poesía en particular, y la poesía italiana en especial) fue bastante intrincada desde el principio. Que el descenso de Dante al Infierno debe tanto a Homero y Virgilio -escenas episódicas, después de todo, de la
¡La luz de invierno en esta ciudad! Tiene la extraordinaria propiedad de aumentar el poder de resolución del ojo hasta el punto de la precisión microscópica: la pupila, especialmente cuando es de la variedad gris o mostaza-y-miel, humilla a cualquier lente Hasselblad y perfecciona los recuerdos posteriores, proporcionándoles una nitidez de
A la puesta de sol, todas las ciudades parecen maravillosas, pero unas más que otras. Los relieves se hacen más flexibles, las columnas más rotundas, los capiteles más rizados, las cornisas más resueltas, las agujas más nítidas, las hornacinas más hondas, los apóstoles parecen mejor vestidos y los ángeles más leves. En las calles, cae la oscuridad, pero aún es de día para la Fondamenta y ese gigantesco espejo líquido en que las motoras, los
Y el objeto puede ser un pequeño monstruo, con la cabeza de un león y el cuerpo de un delfín. Este último se retuerce; el primero rechina los colmillos. Podría adornar una entrada o, simplemente, sobresalir de una pared sin ningún propósito aparente, cosa que lo haría asombrosamente reconocible. En cierto oficio, a cierta edad, nada es más fácil de reconocer que la falta de propósito. Lo mismo reza para la fusión de dos o más rasgos o propiedades, por no mencionar los géneros. En conjunto, todas esas criaturas de pesadilla -dragones, gárgolas, basiliscos, esfinges con pechos de mujer, leones alados, cerberos, minotauros, centauros, quimeras- que nos llegan de la mitología (la cual, por derecho propio, debería tener el estatuto de surrealismo clásico) son nuestro autorretrato, en el sentido de que denotan la memoria genética de la evolución de la especie. Pequeñas maravillas que aquí, en esta ciudad surgida del agua, abundan. Tampoco en ellas hay nada de freudiano, de subconsciente o inconsciente. Dada la naturaleza de la realidad humana, la interpretación de los sueños es una tautología y, en el mejor de los casos, sólo se podría justificar por la relación entre la luz del día y la oscuridad. Es improbable, sin embargo, que este principio democrático sea eficaz en la naturaleza, donde nada disfruta de mayoría. Ni siquiera el agua, aunque lo refleje y lo refracte todo, incluida ella misma, alterando formas y sustancias, a veces amablemente, a veces monstruosamente. Eso es lo que explica la calidad de la luz de invierno aquí; es lo que explica su cariño tanto hacia los monstruitos como hacia los querubines. Es de presumir que también los querubines formen parte de la evolución de la especie. O del otro camino, el que da un rodeo, porque si se hace el recuento de los que hay en esta ciudad, superarán en número a los nativos.
Sin embargo, los monstruos llaman más la atención. Si no por otra cosa, porque el término nos ha sido aplicado con más frecuencia que el otro; o porque, de este lado, sólo se llega a tener alas en la fuerza aérea. Nuestra conciencia culpable tiene que bastar para identificarnos con alguna de esas invenciones de mármol, bronce o yeso; con el dragón, por ejemplo, más que con San Jorge. En una actividad que exige introducir una pluma en un tintero, cabe identificarse con ambos. Después de todo, no hay santo sin monstruo -por no decir nada de la afinidad de la tinta con el pulpo-. Pero aun cuando no reflejemos ni refractemos esta idea, está claro que ésta es una ciudad de peces, sea que naden, sea que se los haya pescado. Y, visto por un pez -dotado, digamos, de un ojo humano, para evitar la famosa distorsión que le es propia-, el hombre aparecería como un auténtico monstruo; no un pulpo con ocho patas, pero sí, seguramente, con cuatro. Algo, en pocas palabras, mucho más complejo que el pez. Pequeña maravilla, pues, que los tiburones se afanen tanto detrás de nosotros. Si le preguntáramos a una simple
De modo que nunca se sabe, al moverse por estos laberintos, si se busca un objetivo o se corre detrás de uno mismo, si se es el cazador o su presa. Seguramente, no un santo, aunque tal vez tampoco un completo dragón; difícilmente un Teseo, pero tampoco un Minotauro hambriento de doncellas. La versión griega, sin embargo, suena mejor, puesto que el ganador no obtiene nada, porque el asesino y su víctima tienen relación. El monstruo, después de todo, era medio hermano del premio; en todo caso, era medio hermano de la que a la larga sería esposa del héroe. Ariadna y Fedra eran hermanas y, por lo que se sabe, el bravo ateniense las tuvo a las dos. En realidad, con la vista puesta en su ingreso por matrimonio en la familia del rey de Creta, él podía haber aceptado la misión criminal para hacerla más respetable. Como nietas de Helios, se daba por sentado que las muchachas eran puras y brillantes; sus nombres así lo sugerían. Por qué, si no, aun su madre, Pasífae, era, a pesar de sus oscuros deseos, la Cegadoramente Brillante. Y quizá cediera a esos oscuros deseos y lo hiciera con el toro para demostrar que la naturaleza desprecia el principio de mayoría, puesto que los cuernos del toro proponen la luna. Quizás estuviera más interesada en el claroscuro que en el bestialismo, y eclipsara al toro por razones puramente ópticas. Y el hecho de que el toro, cuya genealogía cargada de simbolismo se remonta hasta las pinturas de las cavernas, estuviese lo bastante ciego como para dejarse engañar por la vaca artificial que Dédalo construyó para Pasífae en esa ocasión, es la prueba de que el linaje de ésta conservaba un puesto muy elevado en el sistema de causalidad, de que la luz de Helios, refractada en ella, Pasífae, era todavía -después de cuatro hijos (dos hermosas hijas y dos inútiles muchachos)- cegadoramente brillante. En cuanto al principio de causalidad, habría que agregar que el héroe principal de esta historia es, precisamente, Dédalo, quien, amén de una vaca muy convincente, construyó -esta vez a petición del rey- el mismo laberinto en el cual el vástago de cabeza de toro y su asesino iban a enfrentarse un día, con consecuencias desastrosas para el primero. Hasta cierto punto, todo el asunto nace del cerebro de Dédalo, especialmente el laberinto, que se asemeja a un cerebro. Hasta cierto punto, todo el mundo está relacionado con todo el mundo; el perseguidor con el perseguido, al menos. Pequeña maravilla, pues, que en sus paseos sin rumbo fijo por las calles de esta ciudad, cuya mayor colonia fue durante cerca de tres siglos la isla de Creta, uno se sienta un tanto tautológico, especialmente cuando la luz se va apagando -es decir, especialmente cuando sus propiedades pasifaicas, ariádnicas y fédricas se debilitan-. En otras palabras, especialmente por la noche, cuando uno se pierde en el desprecio de sí mismo.
En el lado más brillante hay, por supuesto, montones de leones: alados, con sus libros abiertos donde pone «La paz sea con vosotros, San Marcos Evangelista», o leones de apariencia felina corriente. Los alados, en sentido estricto, también pertenecen a la categoría de los monstruos. Dada mi ocupación, sin embargo, siempre los consideré como una forma más ágil y literaria de Pegaso, quien seguramente sabía volar, pero cuya capacidad para leer es un poco más dudosa. Una zarpa, en cualquier caso, es un instrumento más adecuado para volver páginas que un casco. En esta ciudad, los leones son ubicuos y, con el correr de los años, he ido adoptando inconscientemente este tótem, hasta el punto de poner uno en la cubierta de uno de mis libros: lo más próximo a una fachada propia que un hombre de mi oficio puede tener. Pero son monstruos, aunque sólo sea por el hecho de proceder de la fantasía urbana, puesto que ni siquiera en el cénit de su república marítima llegó la ciudad a dominar territorio alguno en que se pudiera encontrar a este animal, aun en su forma vulgar, sin alas. (Los griegos acertaron mucho más con su toro, a pesar de su linaje neolítico.) En cuanto al Evangelista mismo, murió, por supuesto, en Alejandría, Egipto -pero por causas naturales-, y nunca participó de un safari. En general, el trato de la Cristiandad con los leones es insignificante, ya que no se encontraban en su ámbito, por vivir exclusivamente en África y, allí, en los desiertos. Esto, desde luego, contribuyó a su posterior asociación con los padres del desierto; fuera de allí, los únicos lugares en que los cristianos podían haber visto al animal, por constituir su dieta, eran los circos romanos, para cuyos espectáculos se importaban leones de las costas africanas. Su excepcionalidad -sería mejor decir su inexistencia- fue lo que desató la fantasía de los antiguos, permitiéndole atribuir a los animales diversos poderes espirituales, incluido el del comercio divino. De manera que no es enteramente insensato tener a este animal en las fachadas en el improbable papel de guardián del eterno reposo de San Marcos; si no la Iglesia, la ciudad misma podría ser vista como una leona que protegiese su cubil. Además, en esta ciudad, la Iglesia y el Estado se han mezclado, en una forma perfectamente bizantina. El único caso, debo añadir, en que tal mezcla resultó -desde bastante temprano- ser una ventaja. No hay que maravillarse, pues, de que el lugar fuese literalmente leonizado, lo que equivale a decir humanizado. Sobre cada cornisa, encima de casi cada entrada, se ve un hocico, con un aspecto humano, o una cabeza humana con rasgos leoninos. Ambos, en último análisis, calificados de monstruos (aunque de especie benévola), puesto que jamás existieron. También, por su superioridad numérica sobre cualquier otra imagen tallada o esculpida, incluidas la de la Virgen y la del propio Redentor. Por otra parte, es más fácil tallar una bestia que una figura humana. Básicamente, el reino animal tuvo poco espacio en el arte cristiano, por no hablar de la doctrina. De modo que el orgullo local por los
Una vez, en un atardecer que oscurecía las pupilas grises pero llevaba oro a las de la variedad mostaza-con-miel, la propietaria de estas últimas y yo encontramos un buque de guerra egipcio -un crucero ligero, para ser precisos- amarrado en la Fondamenta dell'Arsenale, cerca de los Giardini. No recuerdo su nombre, pero su puerto de origen era, categóricamente, Alejandría. Era una pieza sumamente moderna de quincallería naval, erizada de toda clase de antenas, radares, receptores orbitales, lanzaderas de cohetes, torretas antiaéreas, etc., además de las habituales armas de gran calibre. De lejos, era imposible decir cuál era su nacionalidad. Al acercarse un poco, cabía la confusión porque los uniformes y el porte general de la tripulación resultaban vagamente británicos. La bandera ya estaba arriada, y el cielo sobre la laguna cambiaba de burdeos al pórfido oscuro. Cuando nos maravillábamos ante la naturaleza de la misión que había traído hasta aquí aquel buque de guerra -¿necesidad de reparaciones?, ¿nuevas relaciones entre Venecia y Alejandría?, ¿la reclamación de la sagrada reliquia robada a la última en el siglo xii?- sus altavoces cobraron vida súbitamente y oímos: «¡Alá! ¡Akbar Alá! ¡Akbar!». El muecín llamaba a la tripulación a la plegaria de la tarde, convirtiendo momentáneamente los dos mástiles del barco en minaretes. Inmediatamente el crucero adquirió el perfil de Estambul. Sentí que el mapa se había plegado de pronto o el libro de historia se había cerrado. Al menos, que se había abreviado en seis siglos: la Cristiandad ya no era el amo del Islam. El Bósforo se solapaba con el Adriático, y no se podía decir a cuál pertenecía cada ola. Poco que ver con la arquitectura.
En las tardes de invierno, el mar, llevado por un terco viento del este, llena todos los canales hasta el borde como una bañera, y a veces los desborda. Nadie sube los escalones corriendo y gritando «¡Los desagües!» porque no hay desde dónde subir. La ciudad está en el agua hasta los tobillos, y las embarcaciones, «amarradas como animales a los muros», para citar a Casiodoro, bailan. El zapato del peregrino, que ha probado el agua, se está secando encima del radiador de su hotel; los nativos se zambullen en sus armarios para pescar su par de botas de goma.
Hace diecisiete años, vagando sin rumbo por un
De modo que se puede entrar y permanecer allí durante los oficios. El canto sonará un poco apagado, presumiblemente debido al clima. Si uno es capaz de disculparlo en esa forma, otro tanto, sin duda, hará su Destinatario. Además, no lo puede seguir bien, ya sea en italiano o en latín. Así que es mejor quedarse de pie o sentarse atrás y escuchar. «La mejor manera de oír misa», solía decir Wystan Auden, «es cuando no se sabe el idioma.» Ciertamente, en tales ocasiones, la ignorancia no ayuda menos a la concentración que la pobre iluminación que los peregrinos sufren en todas las iglesias de Italia, especialmente en invierno. No es elegante echar monedas en una caja de iluminación durante el oficio. Es más: rara vez se tienen en el bolsillo las suficientes para apreciar correctamente la imagen. Hace siglos, yo llevaba una poderosa linterna eléctrica, del Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York. Una forma de enriquecerse, se me ocurrió, sería mediante la fabricación de
Eso es lo que preocupa a la banda, o, más exactamente, a sus directores, los padres de la ciudad. Según sus cálculos, esta ciudad, en lo que va de siglo, únicamente se ha hundido veintitrés centímetros. Lo que parece espectacular a los turistas, representa un descomunal dolor de cabeza para los nativos. Y si no fuese más que un dolor de cabeza, sería aceptable. Pero el dolor de cabeza se corona con una creciente aprensión, por no decir miedo, de que el destino de la Atlántida aguarde a la ciudad. Ese miedo no carece de fundamentos, y no sólo porque la excepcionalidad de la ciudad alcanza el nivel de una civilización propia. Se comprende que las mareas altas del invierno constituyen el principal peligro; el resto lo hacen la industria y la agricultura del continente que envían a la
No tengo idea de qué clase de peces o de bacterias son ésos, pero estoy bastante seguro de que existen: la tiranía rara vez es sinónimo de pericia. De todos modos, llamaría a Suecia y pediría consejo al ayuntamiento de Estocolmo: en esa ciudad, con toda su industria y toda su población, en el momento en que uno sale del hotel, el salmón salta del agua para saludarlo. Si ello es efecto de la diferencia de temperatura, entonces se podría probar arrojando bloques de hielo en los canales o, en caso de faltar éstos, adoptaría la rutina de quitar los cubos de hielo de los congeladores de los nativos, puesto que el whisky no está muy de moda aquí, ni siquiera en invierno.
«¿Por qué, pues, vas allí en esa estación?», me preguntó mi editor una vez, en un restaurante chino de Nueva York, rodeado de jóvenes homosexuales ingleses. «Sí, ¿por qué?», repitieron ellos, haciendo coro a su posible benefactor. «¿Cómo es en invierno?» Pensé en contarles algo acerca del
En estos años, durante mis largas visitas y breves temporadas aquí, he sido, creo, feliz e infeliz en casi idéntica medida. No importaba si era lo uno o lo otro, puesto que yo no venía con propósitos románticos, sino para trabajar, terminar una obra, traducir, escribir un par de poemas, suponiendo que pudiera ser tan afortunado; simplemente, a estar. Es decir, ni por una luna de miel (lo más cerca que estuve de esta posibilidad fue hace muchos años, en la isla de Ischia, o en Siena) ni por un divorcio. Y de ese modo, trabajaba. La felicidad o la infelicidad, sencillamente, venían de visita, aunque a veces se hayan quedado más tiempo que yo, como si fuesen mis criadas. Hace mucho que llegué a la convicción de que es una virtud no alimentarse de nuestra vida emocional. Siempre hay bastante trabajo por hacer, por no mencionar el hecho de que hay bastante mundo fuera. Al final, siempre está esta ciudad. Mientras exista, no creo que yo ni, si vamos a eso, nadie pueda ser fascinado ni cegado por la tragedia romántica. Recuerdo un día: el día en que tuve que partir, al cabo de un mes de soledad aquí. Acababa de almorzar en una pequeña
Por la noche, no hay mucho que hacer aquí. La ópera y los conciertos en las iglesias son opciones, por supuesto, pero requieren cierta iniciativa y preparativos: entradas y horarios y lo demás. Yo no sirvo para eso; es bastante parecido a servirse una comida de tres platos sin compañía, quizás aún más solitario. Además, mi suerte es tal que cada vez que consideré la posibilidad de una noche en La Fenice, estaban en plena semana de Tchaikovsky o Wagner, idénticos por lo que a mi alergia se refiere. ¡Ni en una sola ocasión Donizetti o Mozart! No queda más que leer o deambular en silencio, lo que viene a ser más o menos lo mismo, ya que, por la noche, estos estrechos callejones empedrados son como pasajes entre las estanterías de alguna inmensa, olvidada biblioteca, e igualmente silenciosos. Todos los «libros» están firmemente cerrados, y se adivina de qué tratan por los nombres en sus lomos, bajo el timbre. ¡Oh, ahí puede uno encontrar su Donizetti y su Rossini, su Lully y su Frescobaldi! Quizás hasta un Mozart, quizás hasta un Haydn. O bien esas calles son como anaqueles de guardarropa: todas las prendas son de un tejido oscuro, áspero, pero los forros son de rubíes y reluciente oro. Goethe llamó a este sitio «la república de los castores», pero tal vez Montesquieu, con su decidido
A cierta distancia -desde el otro lado del canales muy difícil distinguir a los invitados de sus anfitriones. Con el debido respeto por el credo más difundido, debo decir que no creo que este lugar haya evolucionado únicamente desde el famoso cordado, triunfante o no. Sospecho y propongo que, en primer lugar, evolucionó a partir del mismo elemento que dio vida y refugió a aquel cordado, y que, al menos para mí, es sinónimo del tiempo. El elemento se presenta en muchas formas y colores, con muchas propiedades diferentes, además de las de Afrodita y el Redentor: calma, tormenta, onda, ola, espuma, rizo, etc., por no mencionar los organismos marinos. Para mí, esta ciudad describe todos los modelos discernibles del elemento, y su contenido. Salpicando, brillante, agitado, fulgurante, el elemento ha pasado tanto tiempo arrojándose sobre sí mismo, que no es de sorprender que algunos de estos aspectos hayan terminado por adquirir volumen y carne, y se hayan hecho sólidos. De por qué eso ocurrió aquí, no tengo idea. Según cabe presumir, porque aquí el elemento oyó hablar italiano.
El ojo es el más autónomo de nuestros órganos. Ello es debido a que los objetos de su atención están inevitablemente situados en el exterior. Salvo en un espejo, el ojo nunca se ve a sí mismo. Es el último en cerrarse cuando el cuerpo se duerme. Permanece abierto cuando el cuerpo es golpeado por la parálisis o la muerte. El ojo sigue registrando la realidad aun cuando no hay razón aparente para hacerlo, y en cualquier circunstancia. La pregunta es: ¿por qué? Y la respuesta es: porque el medio es hostil. La vista es el instrumento de adaptación a un medio que sigue siendo hostil a pesar de todos los esfuerzos por adaptarse a él. La hostilidad del medio aumenta en proporción directa al tiempo que se pase en él, y no me refiero solamente a la vejez. En pocas palabras: el ojo busca seguridad. Esto explica la predilección del ojo por el arte en general, y por el arte veneciano en particular. Explica el apetito de belleza del ojo, así como la existencia misma de la belleza. Puesto que la belleza consuela desde el momento en que es segura. No nos amenaza con la muerte, ni nos enferma. Una estatua de Apolo no muerde, ni tampoco el perro de lanas de Carpaccio. Cuando el ojo no logra encontrar belleza -consuelo-, ordena al cuerpo crearla o, si no le es posible, adaptarse para percibir virtud en la fealdad. En primera instancia, confía en el genio humano; en segunda, se vale de nuestras reservas de humildad. Esta última abunda más y, como toda mayoría, tiende a legislar. Ilustremos esta idea; por ejemplo, con una joven doncella. A cierta edad, uno mira sin gran interés a las doncellas que pasan, sin la pretensión de montarlas. Como un televisor encendido en un apartamento abandonado, el ojo sigue enviando imágenes de todos esos milagros de un metro setenta, acabados con cabellos castaño claro, óvalos faciales del Perugino, ojos de gacela, pechos de nodriza, vestidos de terciopelo verde oscuro y afiladísimos tendones. Un ojo puede apuntar sobre ellos en una iglesia, en alguna boda o, lo que es peor, en la sección de poesía de una librería. A una distancia razonable o con el consejo del oído, el ojo puede conocer sus identidades (que se acompañan de nombres tan vertiginosos como, digamos, Arabella Ferri) y, ¡ay!, sus descorazonadoramente firmes convicciones románticas. Sin atender a la inutilidad de tales datos, el ojo sigue recogiéndolos. A decir verdad, cuanto más inútil es el dato, más perfecto es el enfoque. La pregunta es por qué, y la respuesta es que la belleza es siempre externa; también, que ésa es la excepción a la regla. Eso -su localización y su singularidad- es lo que determina que el ojo oscile salvajemente o -en términos de humildad militante- vague. Porque la belleza está donde el ojo descansa. El sentido estético es el gemelo del instituto de autopreservación, y es más fiable que la ética. La principal herramienta de la estética, el ojo, es absolutamente autónoma. En su autonomía, sólo es inferior a una lágrima.
En este sitio, se puede verter una lágrima en varias ocasiones. Admitiendo que la belleza es la distribución de la luz en la forma que más congenie con nuestra retina, una lágrima es una confesión de la incapacidad de la retina, así como también de la lágrima, para retener la belleza. En general, el amor llega con la velocidad de la luz; la separación, con la del sonido. Es la degradación desde la velocidad mayor a la menor lo que moja el ojo. Debido a que uno es finito, una partida de este lugar siempre se siente como final; dejarlo atrás es dejarlo para siempre. Porque partir es un destierro del ojo a las provincias de los demás sentidos; en el mejor de los casos, a las grietas y hendeduras del cerebro. Porque el ojo no se identifica con el cuerpo al que pertenece, sino con el objeto de su atención. Y para el ojo, por razones puramente ópticas, la partida no es el abandono de la ciudad por el cuerpo, sino el abandono de la pupila por la ciudad. Igualmente, la desaparición del amado, especialmente cuando es gradual, causa dolor, sin que importe quién, ni por qué peripatéticas razones, sea el que realmente se mueve. Tal como va el mundo, esta ciudad es la amada del ojo. Después de ella, todo es decepción. Una lágrima es la anticipación del futuro del ojo.
En efecto, todo el mundo tiene proyectos para ella, para esta ciudad. Los políticos y los empresarios especialmente, porque nada tiene más futuro que el dinero. Tanto es así, que el dinero se siente sinónimo del futuro y trata de ordenarlo. De ahí la abundancia de efusiones superficiales acerca de la renovación de la ciudad, acerca de la conversión de la provincia entera del Véneto en una puerta de la Europa Central, acerca del fomento de la industria de la región, de la expansión del complejo portuario de Marghera, aumentando el tráfico de petroleros en la
Pero a pesar de que esos personajes son mucho más peligrosos -en realidad, mucho más dañinos- que los turcos, los austriacos y Napoleón juntos, puesto que el dinero tiene más batallones que los generales, en los diecisiete años que llevo frecuentando esta ciudad, poco ha cambiado en ella. Lo que salva a Venecia, como a Penélope, de sus pretendientes es la rivalidad entre ellos, la naturaleza competitiva del capitalismo reducida por cocción a las relaciones de sangre de los peces gordos de los diferentes partidos políticos. La introducción de palos en las ruedas de los engranajes de los demás es algo para lo cual la democracia es horrorosamente buena, y se ha demostrado que los saltos de potro de los gabinetes italianos son el mejor seguro para la ciudad. Al igual que el mosaico del propio rompecabezas político local. Ya no hay dogos, y no es la grandeza de ninguna visión particular lo que guía a los 80.000 habitantes de estas 118 islas, sino sus intereses inmediatos, a menudo miopes, su deseo de extender el dinero.
No obstante, la previsión, aquí, sería contraproducente. En un lugar de este tamaño, veinte o treinta personas sin empleo constituyen un inmediato dolor de cabeza para el concejo de la ciudad, lo cual, sumado a la desconfianza innata de los isleños hacia el continente, conduce a una pobre recepción de los planes procedentes de éste, por asombrosos que sean. Atractivas como suelen serlo en todas partes, las promesas de pleno empleo y crecimiento tienen poco sentido en una ciudad que a duras penas alcanza los doce kilómetros de circunferencia, y que ni siquiera en el apogeo de sus fortunas marítimas excedió jamás las 200.000 almas. Tales perspectivas pueden emocionar a un tendero, o tal vez a un médico; un empresario de pompas fúnebres, en cambio, las pondría en tela de juicio, ya que los cementerios locales están saturados y ahora hay que enterrar a los muertos en el continente. En último análisis, para eso sirve el continente.
Si el enterrador y el médico pertenecieran a diferentes partidos políticos, todavía estaría bien, se podría hacer algún progreso. En esta ciudad, suelen pertenecer al mismo, y las cosas se detienen en seguida, aunque el partido sea el PCI. En pocas palabras, debajo de todas esas disputas, se tenga o no conciencia de ello, yace la sencilla verdad de que las islas no crecen. Eso es lo que el dinero, es decir, el futuro, es decir, los políticos volubles y los peces gordos, no llegan a ver, a percibir. Lo que es peor, sienten el desafío de este lugar, puesto que la belleza, un
Creo que fue Hazlitt quien dijo que lo único que podía superar a esta ciudad de agua sería una ciudad construida en el aire. Era una idea calvinista y, quién sabe, como resultado de los viajes espaciales, tal vez se haga realidad. Hasta ahora, aparte de la llegada a la Luna, este siglo merecerá ser recordado por haber dejado este lugar intacto, por haberlo dejado estar. Personalmente, advertiría inclusive contra la interferencia amable. Por supuesto, los festivales de cine y las ferias de libros están de acuerdo con el brillo mortecino de la superficie de los canales, con sus rizos y sus garabatos atentamente leídos por el siroco. Y, por supuesto, convertir este sitio en una capital de la investigación científica sería una opción aceptable, especialmente si se tienen en cuenta las probables ventajas de la dieta fosfórica local para cualquier esfuerzo mental. El mismo cebo serviría para trasladar desde Bruselas hasta aquí la sede de la CEE, o la del Parlamento Europeo desde Estrasburgo. Y, por supuesto, sería una solución aún mejor conceder a esta ciudad y a una porción de sus alrededores el estatuto de parque nacional. No obstante, yo diría que la idea de convertir Venecia en un museo es tan absurda como la ansiedad por revitalizarla con sangre nueva. Por una parte, lo que pasa por ser sangre nueva acaba siempre siendo simple orín viejo. Y por otra, esta ciudad no es apta para museo, por ser en sí misma una obra de arte, la mayor obra maestra que produjo nuestra especie. No se resucita una pintura, ni mucho menos una estatua. Se las deja, se las protege contra los vándalos, en cuyas hordas podemos llegar a contarnos.
Las estaciones son metáforas de continentes existentes, y el invierno es siempre algo antártico, aun aquí. La ciudad ya no depende tanto del carbón; ahora depende del gas. Las magníficas chimeneas con forma de trompeta, que semejaban torrecillas medievales en el telón de fondo de cada Madonna y cada Crucifixión, no cumplen función alguna y, poco a poco, se desmoronan, dejando paso al horizonte local. De ello resulta que uno tiemble y se vaya a dormir con los calcetines de lana puestos, porque los radiadores siguen su errático ciclo aquí, inclusive en los hoteles. Sólo el alcohol puede absorber el rayo polar que recorre el cuerpo cuando se pone un pie en el suelo de mármol, con o sin zapatillas, con o sin zapatos. Si se trabaja de noche, se queman partenones de velas -no para limpiar la atmósfera o tener más luz, sino por su ilusoria calidez-; o se va uno a la cocina, enciende los hornillos de gas y cierra la puerta. Todo desprende frío, especialmente las paredes. Las ventanas no cuentan porque ya se sabe lo que se puede esperar de ellas. En realidad, sólo dejan pasar el frío, mientras que las paredes lo acumulan. Recuerdo una ocasión en que pasé el mes de enero en un apartamento del quinto piso de una casa próxima a la iglesia de Fava. El lugar pertenecía a un descendiente nada menos que de Ugo Foseólo. El propietario era ingeniero forestal o algo parecido y estaba, naturalmente, en viaje de negocios. El apartamento no era muy grande: dos habitaciones, con pocos muebles. El techo, sin embargo, era extraordinariamente alto, y las ventanas correspondían a él. Había seis o siete, porque el apartamento estaba en una esquina. A mediados de la segunda semana, la calefacción dejó de funcionar. Esa vez, no estaba solo, y mi camarada de armas y yo echamos a suertes quién tendría que dormir del lado de la pared. «¿Por qué tengo que ir siempre al lado de la pared?», había preguntado ella de antemano. «¿Por qué soy una víctima?» Y la incredulidad oscureció sus ojos color mostaza-y-miel al ver que había perdido. Se envolvió para pasar la noche -jersey rosa de lana, bufanda, calcetines, largas medias- y, tras contar
Italia», solía decir Anna Ajmatova, «es un sueño que vuelve durante el resto de la vida.» Se debe señalar, sin embargo, que el advenimiento de los sueños es irregular, y su interpretación inspira el bostezo. Además, si los sueños constituyesen un género, su principal recurso estilístico sería, sin duda, el
Si el mundo constituyese un género, su principal recurso estilístico sería, sin duda, el agua. El que ello no sea así, se debe a que el Todopoderoso tampoco parece tener muchas alternativas, o a que el pensamiento mismo posee un modelo acuático. Eso ocurre con la escritura; eso ocurre con las emociones; eso ocurre con la sangre. La reflexión es la propiedad de las sustancias líquidas, y siempre, aun en un día de lluvia, es posible demostrar la superioridad de nuestra fidelidad respecto de la del cristal, situándonos tras él. Esta ciudad nos deja sin respiración en cualquier clima, cuya variedad, en cualquier caso, es bastante limitada. Y si en realidad somos parcialmente sinónimos del agua, cuya sinonimia con el tiempo es absoluta, nuestros sentimientos hacia este lugar mejoran el futuro, contribuyen a este Adriático o Atlántico de tiempo que almacena nuestros reflejos para cuando nos hayamos ido. Tal vez fuera de ellos, como fuera de las gastadas imágenes sepia, el tiempo sea capaz de forjar, a la manera de un
Lo que la gente de aquí no hace jamás es pasear en góndola. Para empezar, un paseo en góndola es caro. Sólo los turistas extranjeros, y entre éstos los más acomodados, pueden permitírselo. Eso es lo que explica la edad, mediana, de los pasajeros de las góndolas: un septuagenario puede desembolsar la décima parte del salario de un maestro sin quejarse. La visión de esos decrépitos Romeos y de sus desvencijadas Julietas es invariablemente triste y violenta, por no decir horrible. Una góndola está tan lejos del alcance de los jóvenes, es decir, de aquellos para quienes las cosas de ese tipo serían apropiadas, como un hotel de cinco estrellas. La economía, desde luego, refleja la demografía; y ello es doblemente triste, porque la belleza, en vez de prometer el mundo, se reduce a ser su recompensa. Esto, entre paréntesis, es lo que lleva al joven hacia la naturaleza, cuyos placeres gratuitos, o, más exactamente, baratos, están libres -es decir, desprovistos- de la intención y la invención presentes en el arte o en el artificio. Un paisaje puede ser conmovedor, pero una fachada de Lombardini nos dice lo que somos capaces de hacer. Y una de las maneras -la original- de mirar esas fachadas es desde una góndola: así se ve lo que ve el agua. Por supuesto, nada puede estar más lejos que las góndolas de los asuntos de los venecianos, que se apresuran y se agitan en su trajín diario, completamente inconscientes del esplendor que los rodea, y aun alérgicos a él. Lo más que se acercan a una góndola es cuando cruzan el Gran Canal en el transbordador o cuando llevan a casa alguna compra de difícil manejo; una lavadora, digamos, o un sofá. Pero ni un balsero ni un botero rompen en ocasiones tales a cantar «O
La noche era fría, clara y serena. Éramos cinco en la góndola, contando a su propietario, un ingeniero local que, con su compañera, remó todo el tiempo. Avanzamos lentamente y zigzagueando como una anguila por la ciudad callada que pendía sobre nuestras cabezas, cavernosa y desierta, y recordaba en aquella hora tardía un vasto arrecife de coral, en su mayor parte rectangular, o una sucesión de grutas deshabitadas. Era una sensación peculiar: encontrarse en movimiento en el interior de lo que sueles contemplar -los canales-; es como adquirir una dimensión más. Luego salimos a la
Desembarcamos cerca del armatoste de cemento del Hotel Bauer Grünwald, reconstruido después de la guerra, cerca de cuyo final fue volado por los partisanos locales porque alojaba al mando alemán. Como adefesio, hace buena compañía a la iglesia de San Moisé -la fachada más recargada de la ciudad-. Juntos, hacen pensar en Albert Speer comiéndose una pizza
Equidistante de nuestras respectivas viviendas, había un lugar tan bueno como cualquier otro para desembarcar. Lleva alrededor de una hora cruzar esta ciudad a pie, en cualquier dirección. Dando por sentado, desde luego, que uno conoce su camino; yo lo conocía en el momento en que salí de la góndola. Nos dijimos adiós y nos dispersamos. Eché a andar hacia mi hotel, cansado, sin intentar siquiera mirar a mi alrededor, murmurando para mí mismo algunas frases, pescadas Dios sabe dónde, del tipo de «Saquea esta aldea» o «Esta ciudad no tiene piedad». Sonaba al primer Auden, pero no lo era. De pronto, deseé un trago. Me desvié hacia San Marcos, con la esperanza de que el Florian aún estuviese abierto. Habían cerrado; estaban retirando las sillas de la arcada y colocando tableros de madera sobre las ventanas. Una breve negociación con el camarero, que ya se había cambiado para marcharse a su casa, pero al que yo conocía superficialmente, dio el resultado apetecido; y con ese resultado en la mano, salí de la arcada y eché un vistazo a
Permitid que me repita: El agua es igual al tiempo y proporciona a la belleza su doble. Constituidos en parte por agua, servimos a la belleza del mismo modo. Al rozar el agua, esta ciudad mejora la apariencia del tiempo, embellece al futuro. Ése es el papel de esta ciudad en el universo. Porque la ciudad es estática, mientras que nosotros nos movemos. La lágrima es prueba de ello. Porque nosotros partimos y la belleza queda. Porque nosotros vamos hacia el futuro, en tanto que la belleza es eterno presente. La lágrima es un intento de permanecer, de rezagarse, de fundirse con la ciudad. Pero eso va contra las reglas. La lágrima es una reversión, un tributo del futuro al pasado. O es el resultado de sustraer lo mayor a lo menor: la belleza al hombre. Lo mismo vale para el amor, porque nuestro amor, también, es más grande que nosotros.